En los últimos años, los clubes de carros de carreras han construido pequeños “estados”.

El detrás de cámara de los piques de autos en Las Palmas, Medellín

Todo el mundo sabe que en Medellín los martes son de María Auxiliadora, los miércoles de cine y los jueves de piques. Los totes, que es como se les dice a los carros que hacen las famosas carreras en la avenida Las Palmas o en la autopista Medellín-Bogotá, llegan a la bomba de Industriales —entre la avenida Regional y la de El Poblado, antes del edificio de Bancolombia— entre las nueve y media o diez de la noche, solos o en grupos pequeños.

Los carros, casi todos con placas de Bogotá, son bajitos, de rines grandes y suenan duro. Tienen alerones, calcomanías y los vidrios muy negros. A los totes se les pone turbo, se les modifica el computador para que se borren los límites de velocidad y seguridad que el motor trae de fábrica, se les cambia la tubería para que entre más aire y haya más chispa y suene más duro, antes se les ponían luces de neón por debajo pero eso ahora, en su argot, es muy “mañé”.

Sus conductores son casi todos hombres, adolescentes, muchachitos. Universitarios de 18, 19, 20 años que en el día estudian en alguna de las universidades privadas de la ciudad. Sus totes, que les dieron de regalo cuando se graduaron del bachillerato, son una extensión de su personalidad; se parecen tanto a ellos que hasta tienen sus propias redes sociales.

La mayoría son blancos y de fabricante alemán —Mercedes, BMW, Volkswagen, Audi— y están en un rango entre los 80 y los 200 millones de pesos. Pero la marca y el precio del carro no son requisitos suficientes o necesarios para salir los jueves a ‘trepar’ Palmas. Hay también totes gama baja, de 30 o 40 millones de pesos, que recién salidos del almacén, antes de ser engallados, se parecen al carro de cualquier maestro pensionado.

Nadie sabe muy bien qué es lo que convierte a un carro en un tote, si es la potencia, el ruido o el precio del motor; lo cierto es que el que tiene o cree que tiene uno llega los jueves en la noche al sector de Industriales.

La bomba se convierte en un concesionario a cielo abierto. Allí los muchachos pasan una hora o dos, charlando, haciendo estruendos, quemando tiempo y llantas hasta que las calles de la ciudad quedan vacías. De pronto alguien acelera el carro y suena tan duro que prende las alarmas de los otros; entonces se arma un semicírculo de celulares para grabar la explosión del par de mofles estáticos. De vez en cuando pasa por el medio de los carros estacionados una moto con dos policías que dan una vuelta de tres minutos y se van sin siquiera bajarse.

Los carros empiezan a salir de la bomba casi a la media noche en pequeños grupos de clubes, que es como están ordenados social y legalmente los totes. Hay clubes de élite, de clase media y populares, según la marca, la gama o el modelo del carro, según la potencia del motor o según la universidad donde estudian sus dueños.

Toman la Regional y se desvían por Carabobo hasta la estación Exposiciones del metro, hasta ahí todo a velocidades y decibeles normales. Luego toman la Avenida 33 hasta San Diego, donde empieza oficialmente ‘la trepada de Palmas’.

Son diecisiete kilómetros hasta el alto de Las Palmas por la vía que el Túnel de Oriente les hizo el favor de desocupar. En la trepada no hay apuestas ni premios para el que llegue de primero, tampoco hay, como en las películas, mujeres en escotes y minifaldas esperándolos en la línea de meta. El objetivo es el mismo que tiene el ciclista que horas más tarde va a estar pedaleando esa misma calle: demostrarse a sí mismo, a sus compañeros de ruta y a sus seguidores en redes sociales, que esta vez puede subir más rápido que la anterior.

La subida, a un ritmo que oscila entre los 90 y los 130 kilómetros por hora, teniendo en cuenta las frenadas en las dos cámaras de detección de velocidad que hay en el camino, la pendiente de la subida, los derrapes en las curvas y las pocas rectas en donde la aguja del velocímetro se queda pegada en un número cercano al 200, puede hacerse más o menos en diez minutos. A veces más a veces menos.

La escalada no termina allí. Siguen tres kilómetros más rectos y más planos por la vía a Santa Elena, hasta otra estación de gasolina, ‘la Terpel’ que queda al lado de la Escuela de Ingenieros de Antioquia. En la Terpel a las doce de la noche hace un frío criminal, pero nadie se queda adentro del carro, por eso el dueño de la bomba compró un dispensador de chocolate, tinto y milo caliente que no da abasto.

El parche después de la escalada es tranquilo: tomar chocolate, conversar con los panas, fotografiar los culos —de los carros— y esperar a que pase alguna cosa que valga la pena subir al Instagram: que llegue el Lambo o el Ferrari, que alguien se anime a hacer un drift —que consiste en dar vueltas cerradas derrapando casi en un mismo punto y marcar la calle con las llantas hirviendo— que haya un pique de cuarto de milla entre el Mercedes y el BM, que llegue una influencer a tirar billetes al cielo; pero eso casi nunca pasa. Hay que tener suerte para dar con un jueves emocionante en la Terpel.

Solo en esos días escasos aparece el Tránsito o la Policía, que conoce bien la rutina de los totes, pero también su inferioridad en hombres, carros, torque y caballos de fuerza para hacer algo al respecto. Los piques ‘ilegales’, que es el término que usan siempre las autoridades y los medios para referirse a ellos, se les salen de las manos. Además, la sanción por exceder los límites de velocidad es irrisoria. Es tan grave como manejar sin cinturón o usando el celular, y es menos grave que cruzar un semáforo en rojo. El tránsito de Medellín dice que necesitaría por lo menos 300 agentes más para hacer su tarea. Si convocaran como voluntarios de apoyo a los vecinos que llevan incontables jueves sin dormir serían mayoría.

Además del ruido que hacen a altas horas de la madrugada, conductores de la vía Las Palmas se sienten en riesgo cuando se cruzan con ellos en el camino o cuando decenas de personas se apuestan a lado y lado de la vía para observarlos en sus carreras.

El club

Los totes que suben los jueves a Palmas, aunque son rápidos y están ‘tuneados’ —que es el anglicismo de engallados— no son los originales. Los fundadores, Los Totes Colombia, en mayúscula, salen a ‘candelear’ cualquier día menos ese. Antes sí lo hacían, pero desde que los piques se popularizaron y ellos mismos se volvieron celebridades, optaron por salir aleatoriamente los otros días de la semana e invitar a pocas personas.

El jueves pasado, sin embargo, hicieron una excepción. Moisés, uno de los integrantes, lanzaría su nuevo tema de reguetón titulado Los Totes, de manera que el club se puso al servicio de su compañero y organizaron el único evento de lanzamiento posible, una subida a Las Palmas. Hicieron dos grandes sacrificios: primero, salir el día que tienen vetado, y segundo, anunciarlo en sus redes sociales.

“En el Mercho le rebotan los escotes,

No ando con carritos yo ando con Los Totes,

Subiendo por Palmas metiendole al azote,

Tamo´ a más de 100, de adrenalina tengo un pote”.

Los Totes Colombia se organizaron como club en 2016 y escogieron ese nombre porque el sonido y la chispa de arranque se parece al que hace un fósforo cuando es golpeado con una piedra contra el piso: al de un tote. También pensaron en llamarse ‘los fierros’, pero un club de Bogotá se les adelantó.

Una trepada para el lanzamiento de una canción de reguetón anunciada por Los Totes Colombia es el tipo de plan que es noticiable, es la promesa de un jueves emocionante como pocos. Pero cuando apenas iban dos o tres kilómetros de recorrido y la vía ya parecía el final de una etapa del Tour de Francia con un montón de gente a lado y lado, se largó el agua y nadie escuchó Los Totes. Entonces fue un jueves como cualquier otro.

No es que antes de Los Totes en Medellín no existiera gente aficionada a los carros, a la velocidad y al ruido, sino que fue ese grupo el que marcó la ruta para la llegada de nuevos carros y conductores que en la ciudad han crecido casi a la par de los reguetoneros. Los Totes Colombia es ahora el club automovilístico con más seguidores del país: 330.000 en su cuenta de Instagram y, aunque en algún momento llegaron a tener 90 miembros, ahora son un hermético grupo de 35.

Son tan organizados y se toman tan en serio lo que hacen como las fraternidades de universitarios de las películas gringas: tienen una junta directiva, un manual de convivencia, un proceso de admisión y un ritual de ingreso. La organización de las decenas de clubes que han surgido en la ciudad es una copia de lo que dicta la “constitución” de Los Totes.

Para entrar a un club no es suficiente con tener un carro de precio o aspecto exótico. Primero hay que pasar un tiempo en la lista de aspirantes. Ese periodo es clave para demostrar el compromiso con el club: participar en el chat de WhatsApp, ir a las rodadas y a los otros planes que surjan: asados, cumpleaños, paseos; pero sobre todas las cosas, caer bien y hacer amigos. Luego, en la asamblea del comité de admisiones, que se reúne una vez al mes, cada uno de los miembros propone el nombre de un aspirante distinto, y entre todos votan para que finalmente entren uno o dos nuevos coches. En la lista de aspirantes, como en el limbo, el tiempo es indeterminado. Se puede estar ahí un mes o un siglo.

Luego, el admitido debe leer y aceptar el manual de convivencia del club. El artículo primero estipula que “cada integrante deberá asistir al menos una (1) vez al mes a las reuniones convocadas semanalmente en los sitios que se acuerden con antelación. Si pasados treinta (30) días no asiste o aporta excusa valedera se procederá a suspender la membresía por el término de (1) mes”.

Además de faltar a los encuentros, está prohibido hablar por el chat institucional de WhatsApp sobre temas que “no hagan parte del automovilismo y la programación de eventos”. Hay otro chat informal en el que sí está permitido de todo menos la pornografía infantil y burlarse de la familia de los pilotos.

Tampoco está permitido el consumo de drogas en público, y armar chismes o sembrar cizaña también tiene una sanción. Según la constitución, cada año se escoge a un “Representante de Pilotos” para que tramite las quejas de sus compañeros. Cada club de totes de Medellín es entonces un “estado-nación” soberano con gobierno, pueblo, territorio y leyes.

También tiene símbolos, rituales, impuestos y empresas. Para entrar, el aspirante debe comprar el kit de ingreso que cuesta $150.000 que incluye un porta placas —que en realidad es un tapa placas—, y dos calcomanías con el logo del club y el número que lo identifica como miembro oficial. Pegar esa calcomanía en la parte de atrás del carro es el bautizo. El kit también trae una tarjeta de descuentos en las tiendas, barberías, lavaderos y talleres del Grupo Empresarial Los Totes.

Los fundadores del club, ahora treintañeros y dedicados a los negocios, han aprovechado el reconocimiento del pequeño “estado-nación” que fundaron para emprender e ir creando de a poco toda una organización horizontal que atraviesa, cada vez más, todo el negocio de los automóviles. Primero fue el lavadero ‘Los Totes Car Wash’, luego fueron las barberías ‘Los Pits’ y después el taller ‘Los Totes Automotiv’. Solo les falta la estación de gasolina.

Y una pista

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