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Cinco libros para iniciarse en la mirada filosófica

La filosofía suele tenerse por una disciplina árida y compleja que no deja espacio para que cualquier tipo de público se inmiscuya en sus complicados vericuetos. Si bien es cierto que debemos diferenciar la filosofía académica o universitaria de la filosofía popular, también lo es que todos, sin excepción, nos planteamos a lo largo de

Cinco libros para iniciarse en la mirada filosófica

La filosofía suele tenerse por una disciplina árida y compleja que no deja espacio para que cualquier tipo de público se inmiscuya en sus complicados vericuetos. Si bien es cierto que debemos diferenciar la filosofía académica o universitaria de la filosofía popular, también lo es que todos, sin excepción, nos planteamos a lo largo de la vida distintos interrogantes relacionados con los grandes temas de la historia del pensamiento: la muerte y la finitud, el amor, la espiritualidad y la religión, nuestra relación con los demás y con la sociedad, el uso de la tecnología y un interminable etcétera. En este sentido, y de alguna manera, todos hacemos filosofía, aunque no la practiquemos con la conciencia de estar filosofando.

Este último gerundio es fundamental. Cuando Immanuel Kant inició uno de sus cursos, planteó una cuestión muy relevante: prefería mostrar a su alumnado el camino para que filosofaran antes que enseñarles filosofía. Esta última se encuentra repleta de sendas dogmáticas –es decir, cerradas pero nunca definitivas–, que intentan presentarnos el mundo en y como un sistema conclusivo de deducciones y convicciones. Por eso, defendía Kant, «lo primero de todo es hacer madurar el entendimiento y acelerar su desarrollo, ejercitándolo en juicios de experiencia y llamando la atención [del estudiante] sobre todo aquello que le puedan aportar las contrastadas impresiones de sus sentidos. […] En una palabra: [el profesor] no debe enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar. Al alumno no hay que transportarle sino dirigirle, si es que tenemos la intención de que en el futuro sea capaz de caminar por sí mismo».

A continuación sugiero cinco lecturas que, por la sencillez de su expresión, la hondura de sus planteamientos y las diversas temáticas que abordan, pueden ayudar a todo tipo de público a adentrarse en el asombro propio de la filosofía, en la peculiar mirada filosófica, caracterizada por la capacidad para vivir con «los ojos en pasmo», en expresión de Ortega y Gasset. Al fin y al cabo, como escribió la pensadora Jeanne Hersch, «saber asombrarse es lo propio del ser humano. Se trata de suscitar de nuevo este asombro».

«Kant prefería mostrar a su alumnado el camino para que filosofaran antes que enseñarles la propia filosofía»

Meditaciones, de Marco Aurelio (121-180 d.C.). Este clásico de la historia del pensamiento fue redactado por el conocido como «emperador filósofo», continuador de la corriente estoica. En este libro, Marco Aurelio afronta la existencia –e invita a afrontarla– con un ánimo sosegado, intentando aportar a sus lectores algunas claves para alcanzar la ataraxia (o tranquilidad de ánimo). El autor estaba convencido de que una suerte de razón universal (un logos primigenio) había puesto en marcha el mundo y de que nosotros debemos adecuarnos al movimiento de dicho principio rector. La máxima a seguir, como en tantos pensadores de la Antigüedad, consiste en conocerse a sí mismo, al margen de la opinión de los otros sobre nuestra vida. No debemos dejar volar la imaginación, penando por el inamovible pasado o elucubrando sobre el incierto futuro: nuestra existencia transcurre en un presente que muchas veces dejamos escapar de nuestras manos como si de fina arena se tratara. Marco Aurelio desarrolla un tratado cercano y apasionante en el que analiza el influjo de nuestras pasiones y deseos y en el que invita a vivir conforme a los designios de la naturaleza. «Todo lo del cuerpo es un río; lo del alma, sueño y vapor; la vida, una guerra y un exilio, y la fama póstuma, olvido. ¿Qué es lo que nos puede guiar? Solo y únicamente la filosofía».

El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía, de Jeanne Hersch (1910-2000). Una obra amena y muy accesible en la que la autora, de ágil pluma y profundos conocimientos, traza una historia de la filosofía en la que el asombro funciona como guía maestra. Desde la escuela de Mileto, con los primeros pensadores (denominados «presocráticos») o las escuelas jónica y eleática (Heráclito y Parménides), pasando por Platón o Aristóteles, la filosofía medieval, Descartes, Spinoza o Leibniz, Kant, Hegel o Comte, hasta llegar a Marx, Freud, Kierkegaard, Nietzsche o Heidegger, el volumen puede convertirse igualmente en una pieza clave para docentes de enseñanza media y universitaria. Como sostiene Hersch, «el asombro es esencial a la condición humana». Con este libro intenta que recuperemos esa capacidad de estupefacción para no conformarnos y perdernos en la violenta cotidianidad, pues el filósofo, en sus propias palabras, es el individuo «capaz de ir más allá de lo que parece evidente en la vida cotidiana para plantear preguntas fundamentales» que quizá nunca obtengan respuesta definitiva. Ahí, al fin y al cabo, reside la valentía que procura la filosofía.

El existencialismo es un humanismo, de Jean-Paul Sartre (1905-1980), es uno de los títulos más célebres de la historia de la filosofía. Su importancia y actualidad no dejan de guardar una enorme vigencia, más aún en tiempos como los nuestros, de imperativos publicitarios y estímulos que espolean nuestra voluntad hasta convertirnos en marionetas que bailan al son de la mercadotecnia más perversa. La obra recoge la contundente conferencia que Sartre impartió en octubre de 1945, en la que esboza las líneas principales de su existencialismo. En ella nos sitúa ante el abismo de la libertad, en el meollo de la responsabilidad de elegir nuestro propio camino y de evitar la práctica de lo que denominó «mala fe»: buscar excusas que, como parapeto moral, intelectual y afectivo, justifiquen nuestras acciones, como si estas no dependieran de nosotros. Frente al quietismo y otras corrientes más o menos contemplativas y esencialistas, Sartre plantea su célebre «la existencia precede a la esencia»: la manera en que habitamos el mundo, el modo en que actuamos, es previo a cualquier categoría teórica (o, técnicamente, ontológica). Al nacer nos encontramos con la existencia, con la que tenemos que hacer algo: este es su punto de partida y desde el que nos invita a hacernos conscientes y, sobre todo, responsables de nuestro proyecto vital. «Lo que hace molestos a mis personajes es su lucidez. Saben lo que son y eligen serlo», llegó a comentar el francés acerca de alguna de sus novelas.

«La obra de Sartre nos invita a hacernos conscientes y responsables de nuestro proyecto vital»

Carta a Meneceo y Máximas capitales, de Epicuro (341-270 a.C.). Son textos muy breves en los que el fundador de la escuela homónima –el epicureísmo, una suerte de sobrio hedonismo– sitúa la felicidad como meta universal del ser humano. Epicuro vivió retirado del bullicio de la ciudad, rodeado de amigos (a los que otorgaba gran importancia) en un jardín en el que la comunidad epicúrea cultivaba sus propios medios de subsistencia. En ella, a través de un moderado placer, llevaba una mesurada existencia, presidida por el ahínco por saber y conocer. Fue una de las primeras escuelas filosóficas en aceptar mujeres entre sus filas, lo que la hizo muy popular y le granjeó no pocas críticas. Una de sus convicciones fundamentales es que «no podemos alcanzar una vida gozosa sin una [vida] sensata, bella y justa»; y sin embargo, tampoco podrá ser sensata, bella y justa sin que sea gozosa (es decir, placentera). Por tanto, lo más adecuado es practicar un modo de vida sencillo en el que no nos privemos de los placeres pero no acabemos siendo esclavos de ellos, de forma que podamos obtener la «imperturbabilidad del alma, ya que este es el fin de una vida dichosa».

La condición humana, de Hannah Arendt (1906-1975), es considerado uno de los libros más importantes del siglo XX. En él, su autora, uno de los pilares de la historia del pensamiento político, escruta su presente a la luz de la experiencia del totalitarismo que, a su juicio, nos aísla en una insoportable y alienante soledad. En expresión de Arendt, «el totalitarismo no busca la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos»: intercambiables, fútiles… es decir, innecesarios. En este título, de ardiente actualidad, la filósofa reivindica el valor de la palabra y de la acción pública como elementos indispensables para la relación entre individuos: «La pluralidad es la condición de la acción humana debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá». Adquiere especial relevancia su análisis del hombre como animal laborans, es decir, de la dimensión laboral del ser humano en un momento histórico, como el nuestro, en el que todo parece estar destinado a la productividad y la rentabilidad… incluso nuestro tiempo libre.

«Según Arendt, «el totalitarismo no busca la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos»»

Por su importancia en la historia de la filosofía, así como por tratarse de textos accesibles, también son dignos de mención La consolación de la filosofía, de Boecio; las Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, de Simone Weil; la Ética a Nicómaco, de Aristóteles; o el compendio de ensayos Hacia un saber sobre el alma, de María Zambrano.

¿Y qué ocurre con el pensamiento oriental, del que se suele prescindir en este tipo de listas y recomendaciones? Para conocer esta corriente milenaria, en muchas ocasiones anterior a los primeros filósofos occidentales, pueden servir los siguientes libros: Tao Te King, de Lao Tse; Textos escogidos, de Confucio; o Textos escogidos, de Chuang Tse (este último muy recomendable, por su ironía, humor y su carácter metafórico y evocador). Por último, la lectura de los Upanishad hindúes también resulta muy enriquecedora, así como el poema épico Bhagavad Gita e incluso el conocido como Diálogo de un desesperado con su alma, procedente de Egipto y fechado en el siglo XXI a.C.

Por último, si se prefiere la narrativa, hay varias novelas capaces de introducir al lector en complejos problemas que pueden ayudar a entrenar la mirada filosófica: El árbol de la ciencia, de Pío Baroja; Martin Eden, de Jack London; Las olas, de Virginia Woolf; La montaña mágica o Doktor Faustus, de Thomas Mann; Siddharta o Demian, de Hermann Hesse; Los hermanos Karamázov o Memorias del subsuelo, de Dostoyevski; o Frankenstein, de Mary Shelley. 

Si se busca algo ameno pero con contenido filosófico, el clásico de Jostein Gaarder, El mundo de Sofía, sigue siendo una obra recomendable y muy accesible, sobre todo cuando se parte de un «conocimiento cero» en filosofía. También están las novelas contemporáneas de Marcos Chicot, El asesinato de Sócrates y El asesinato de Platón, e incluso La maestra de Sócrates, de Laura Mas y, en fin, los ensayos Filosofía para una vida única, de Lammert Kamphuis y El arte de pensar, de José Carlos Ruiz.

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