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Entrevista a Daniel Lumera biólogo y experto en bienestar sobre su libro ‘Biología de la gentileza’

Entrevista al biólogo y experto en bienestar Daniel Lumera sobre su libro ‘Biología de la gentileza’Lumera ha podido demostrar científicamente que “las personas más gentiles viven más y se enferman menos”Para Lumera, este hito es mucho más que la clave para el bienestar; es un acontecimiento que rompe un paradigma evolutivo que está basado en

Entrevista a Daniel Lumera biólogo y experto en bienestar sobre su libro ‘Biología de la gentileza’

  • Entrevista al biólogo y experto en bienestar Daniel Lumera sobre su libro ‘Biología de la gentileza’


  • Lumera ha podido demostrar científicamente que “las personas más gentiles viven más y se enferman menos”


  • Para Lumera, este hito es mucho más que la clave para el bienestar; es un acontecimiento que rompe un paradigma evolutivo que está basado en la competitividad y la violencia

La Biología de la gentileza es mucho más que un libro para tener en la mesilla de noche y usar como guía para una buena calidad vida. El título es, en realidad, el que dieron en la Universidad de Harvard a un estudio en el que durante cuatro años monitorizaron a un grupo de mujeres. Cada día estas mujeres hacían una meditación específica, la famosa meditación del amor bondadoso. Cuatro años después -y respecto al grupo de control- se vio que estas mujeres tenían los telómeros -unas estructuras de ADN ubicadas en los extremos de los cromosomas-  mejor conservados. Para la ciencia, los telómeros son buenos biomarcadores de longevidad.

La ciencia estaba demostrando algo que Daniel Lumera -biólogo de formación y experto reconocido internacionalmente en ciencias del bienestar– llevaba décadas experimentando. A los 19 años, después de una experiencia potentísima relacionada con el amor, emprendió un camino intenso y profundo de búsqueda hacia su interior. 11 años vivó como monje benedictino laico, estudiando, meditando y experimentando todos los valores que jamás imaginó que años después iba a medir con números: “Nunca me hubiera imaginado traer todo esto a las universidades”, señala.

Lumera ‘salió del cascarón’ y dejó el convento cuando sintió que la naturaleza de lo que había vivido durante esos años “necesitaba ser difundida y compartida”.

“Las personas más gentiles viven más y se enferman menos”. Esta es la tesis que sostiene Lumera, coautor junto a la doctora Immaculata de Vito de Biología de la gentileza (2020) que acaba de ser reeditado por Diana (2022).

Para Lumera este hito es mucho más que la clave para el bienestar y la salud; es un acontecimiento que rompe un paradigma evolutivo que está basado en la competitividad y en la violencia: “Darwin declaró que el más adaptado a la supervivencia era el individuo más adaptado al cambio, él afirmó esto y nosotros hemos interpretado, como sociedad antropocéntrica y patriarcal, que el más adaptado es el más fuerte y que la fuerza es imponerse físicamente, psicológicamente y económicamente sobre los demás. La neurociencia, a día de hoy, demuestra exactamente lo contrario: dice que los individuos más adaptados son los más compasivos, los más gentiles. Esto devela que el principio que regula la vida es el principio de interconexión, de interdependencia, de amor y de cooperación”.

Explica Lumera, que todo esto constituye una revolución del paradigma vigente muy potente porque demuestra que características como la gratitud, la gentileza y el perdón -que antes eran valores justificables bajo un perfil social ético y espiritual- “hoy tienen una fuerte base neurobiológica, lo cual debería hacernos reflexionar muchísimo porque las personas que desarrollan gentileza están invirtiendo sobre su salud y su bienestar”.

En una sociedad que crea sentido de identidad, pertenencia y consenso político a través de la creación de un enemigo, de un culpable y de un lenguaje violento, hablar de gentileza es una provocación potentísima (Daniel Lumera, experto en bienestar)

Pregunta: ¿Por qué ese interés, ese empeño tuyo y de tantos otros científicos en demostrar científicamente la base neurobiológica de estos valores como la gentileza?, ¿necesitamos realmente que la ciencia lo demuestre?, ¿no basta con experimentarlo?

Respuesta: No queremos justificar nada: queremos provocar. Y provocar de forma gentil (…) Yo no lo hago para explicar ni para justificar, porque no tengo ninguna necesidad, toco con mi mano lo que acontece en mi vida. Pero la belleza de ver dos idiomas tan diferentes, dos idiomas universales: la ciencia y la espiritualidad, que dialogan y que hablan el mismo lenguaje…eso es exultante, es un proceso de integración e inclusivo…es eso lo que me interesa: que es posible dialogar entre dos cosas aparentemente muy diferentes y que es posible hablar de una biología de valores, ver que la gratitud, que la gentileza, impactan sobre nuestro ADN, que las personas gentiles viven más es una provocación potentísima. En una sociedad que crea sentido de identidad, pertenencia y consenso político a través de la creación de un enemigo, de un culpable y de un lenguaje violento, hablar de gentileza es una provocación potentísima. La gentileza crea identidad a partir de tu capacidad de cuidar a los demás, de amar a los demás, de incluir a los demás…esto es muy provocador. Estamos lanzando nuevos modelos sociales con bases neurobiológicas…solo por esto estamos contentos.

P: Veo que detrás de ese interés de demostrar científicamente la base neurobiológica de la gentileza está el deseo de tener un impacto en nuestra cultura, en nuestra sociedad…

R: Esto es la parte más importante: que todo esto se ha convertido en un proyecto social muy grande, en algo con un fuerte impacto social. Creo que se necesitaría un cambio potente de paradigma, pero esto es algo que tienen que hacer las instituciones… y a las instituciones les sirven los números para entender. Por eso, el trabajo que hacemos nosotros es justamente esto: dar números.

P: Dar números que justifiquen ese cambio de paradigma…¿por dónde tendríamos que empezar el cambio?

R: La gente, la sociedad y la educación no ponen la correcta importancia al mundo interior: al hecho de que cada día es necesaria una higiene personal profunda. Igual que tú te tienes que duchar cada mañana, tienes que duchar tus emociones, tu mente, tu conciencia también cada día. Constancia, humildad, perseverancia, disciplina, paciencia. Esto es algo que debería estar insertado en un proceso educativo. Este año hemos sacado el segundo paper científico con la Universidad Católica que demuestra que la gratitud, el perdón y la meditación impactan enormemente sobre la rabia de los presos: baja el conflicto. Esto significa que un acercamiento diferente crea resultados importantes.

P: Esto que has aplicado y visto en las cárceles podría extenderse al resto de la sociedad….¿qué efecto crees que tendría?

R: El aspecto más impactante creo que será ver cómo el hecho de traer esos valores -que son los aspectos significantes más profundos de nuestra existencia- se transforman en un don que sirve a un proceso de desarrollo colectivo. Y es un compartir una parte de ti auténtica; no lo haces porque quieres éxito o llegar a algún lugar o porque tu ego te empuja, o para cambiar el mundo, o para sanar las cosas…¡nada de eso! Lo haces porque es la naturaleza de lo que has vivido que necesita ser difundida y ser compartida.

Nuestro mundo invisible hecho de emociones, de pensamientos, de estados, nos contagia constantemente (Daniel Lumera, experto en bienestar)

P: La meditación, dices en Biología de la gentileza, es un instrumento imprescindible para mejorar nuestro bienestar. Aunque meditar parezca una práctica personal, según lo que cuentas, entiendo que también tiene un impacto social. ¿Meditamos para el mundo, entonces?

R: Es bellísimo esto. Sí (…) La meditación no es un fenómeno individual, es un fenómeno social porque nosotros nos contagiamos mutuamente a través de estados depresivos, estados de humor, de rabia o de gentileza, de felicidad. Una de las más potentes y bonitas investigaciones de Harvard demuestra que nuestro mundo invisible hecho de emociones, de pensamientos, de estados, nos contagia constantemente. Ellos lo llaman ‘ripple efect’, el efecto onda. Significa que cuando hay una persona que es optimista o gentil, tú duermes con ella o con una persona con depresión…después de dos meses, dos meses y medio, si no tienes herramientas, afecta al estado de la otra persona. Entonces, sí:  tenemos el deber de ser felices, tenemos el deber de estar bien, si no lo hacemos para nosotros, como mínimo para las personas que amamos porque somos contagiosos. El principio de la biología de la gentileza es este: queremos generar una pandemia de gentileza. Y la gentileza es contagiosa…

P: Hay muchas personas que se sienten muy presionadas socialmente por el mensaje de ‘si no eres feliz es porque no quieres’. Me interesa mucho conocer qué le dirías a una persona que, aunque sepa que el perdón es bueno para ella, aunque quiera perdonar, no es capaz de hacerlo… o a una persona que por mucho que lo intente no logre ser más optimista o más feliz.

R: Creo que esta es una cuestión de método, de crear detrás de estos conceptos un método experiencial potente, ‘desbloqueador’ y que haga a las personas tocar con la mano una experiencia de bienestar. En Italia y en España existe la experiencia de la Escuela Internacional del Perdón donde el 80% de lo que se hace allí son experiencias prácticas y pragmáticas. Yo creo que lo primero que tenemos que hacer es deshacernos de las ideas que tenemos de perdón, de gratitud, de gentileza. Es necesaria una fase de destruir y después, solo después, es necesario redefinir el perdón a través de una nueva experiencia con el perdón. Lo que ha funcionado con nosotros han sido siempre las experiencias.

El hecho de ‘estar mal’ es una excusa muy valiosa para no crecer (Daniel Lumera, experto en bienestar)

P: Es como bajar de las ideas, de la mente, a la experiencia. Pero en una cultura tan racional como la nuestra, hay mucha resistencia, se valora más el ‘pensar’ que el ‘sentir’… ¿Crees que este cambio da miedo?

R: Hay personas que prefieren apegarse al dolor porque es lo que conocen, en vez de arriesgarse entrando en algo que no conocen (…) Tenemos que comprender que todavía las personas están enganchadas y aficionadas al malestar, porque el malestar justifica sus frustraciones, les da un motivo para no vivir, para estar ahí, para proyectar las responsabilidades sobre los demás. El hecho de ‘estar mal’ es una excusa muy valiosa para no crecer.

P: Paradójicamente, el malestar es justo lo que impulsa a muchas otras personas a crecer…

R: Muchas personas se acercan al mundo de la espiritualidad o de la conciencia porque están mal: entran en crisis. Gracias a Dios para muchas personas que están mal, el malestar es el motor, porque quieren salir por algún lado… y por esto es necesario. El malestar es un motor muy importante de evolución. Llega un punto en que, o te mueres porque sigues perpetuando esto, o cambias.

Esta es un poco mi tarea: juntar mundos, tener un pie en la ciencia y un pie en la conciencia haciendo dialogar estos mundos, hablando, de hecho, de una biología de valores (Daniel Lumera, experto en bienestar)

P: Háblame de ti…¿cómo una persona como tú, con formación en biología y las ciencias naturales, entró en el terreno de la espiritualidad?

R: Mi recorrido interior, mi recorrido espiritual, ha comenzado cuando yo tenía 19 años. Fui un monje laico y tuve la suerte de tener como maestro a un discípulo directo de Gandhi. Cuando tenía 19 años sentí un llamado muy potente y profundo, pero había prometido a mi familia -mi padre es periodista del Corriere della Sera-, prometí a mi padre y a mi madre seguir estudiando, licenciarme y seguir la carrera universitaria. Mantuve la promesa estudiando ciencias biológicas y naturales, pero paralelamente, mi corazón era completamente absorbido por las experiencias internas maravillosas de ese periodo de mi vida. Siempre supe que mi vida era consagrada, dedicada completamente al mundo interior. Pasé 11 años como monje laico.

P: Pero después decidiste poner ese mundo interior al servicio de la sociedad, ¿cuál fue el motivo?

R: Al final decidí traer todo esto a una experiencia más práctica y pragmática entrando en hospitales, en cárceles, acompañando a las personas a la muerte, entrando en escuelas. Todo el conocimiento que había madurado dentro y los puentes establecidos con el mudo científico y biológico, me permitieron utilizar un idioma, un lenguaje comprensible a las instituciones. Esta es un poco mi tarea: juntar mundos, tener un pie en la ciencia y un pie en la conciencia haciendo dialogar estos mundos, hablando, de hecho, de una biología de valores, demostrando cómo el silencio, pero también la compasión, la empatía, la gentileza, la gratitud, el perdón, tienen un correlato biológico, son medicamentos naturales que impactan muchísimo sobre la calidad de vida. Y afirmar esto en una sociedad patriarcal, competitiva, que justifica la violencia como motor evolutivo, es un reto maravilloso.

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