Kiev y otras ciudades cambiaron el nombre de más de 300 calles que evocaban a Rusia. Ese idioma se canceló.

En la librería Siayvo de Kiev se acumulan los libros de procedencia rusa o escritos en ruso. La gente los lleva en maletas o cajas para reciclar, en una muestra de la desrusificación en marcha en Ucrania desde el inicio de la sangrienta invasión que desplegó Moscú hace casi 300 días.

Yulia Sidorenko llegó para desprenderse sin remordimientos de todas sus obras en lengua rusa, aunque a algunas les tenía cariño. “Me los regalaron cuando cumplí 20 años, hay dedicatorias de mis amigas. Les tomé una foto”, le dijo a la AFP.

La joven de 33 años mostró una recopilación de cuentos de hadas de su infancia. “Estoy convencida de que mis hijos nunca leerán los cuentos rusos. Desde el 24 de febrero, los libros rusos no tienen lugar en mi casa”, enfatizó tras recordar el día en que comenzó la invasión.

El dinero obtenido con el reciclaje de las obras se destinará a la compra de un vehículo para el Ejército ucraniano. Y la idea nació de los clientes de la librería, que se preguntaban qué hacer con esta parte de sus bibliotecas que se había vuelto molesta.

“En dos meses hemos recogido 25 toneladas de libros, cuyo reciclaje nos reportó 100.000 grivnas”, unos 2.700 dólares, explicó la librera Iryna Sazonova.

Desde la anexión de Crimea y el estallido de la guerra del Donbás, en 2014, Ucrania procedió a desmantelar monumentos de la época soviética y a cambiar los nombres de numerosos lugares. Pero el ruso seguía siendo omnipresente, especialmente en Kiev.

Tras el inicio de la invasión de Moscú, el 24 de febrero, la presencia del ruso en el espacio público y privado se ha visto cuestionada.

Pero, además, está en tela de juicio el museo Mijaíl Bulgákov, en el centro de Kiev, donde vivió el escritor ruso durante 13 años.

La unión de escritores de Ucrania solicitó directamente su cierre. Bulgákov está acusado por los ucranianos de ser imperialista y ucranófobo, especialmente en su novela “La guardia blanca”, protagonista de la exposición del museo.

“Los colores de la guerra son negro y blanco”, relativizó la directora del museo, Lyudmila Gubianuri. “En el arte, los matices son esenciales. Hay muchos en Bulgákov, pero la gente tiende a ignorarlos”, lamentó. Gubianuri dijo, no obstante, que habrá que transformar el museo para responder a los desafíos del momento. Su equipo “trabaja en el nuevo concepto que será establecido en diálogo con el público”, añadió.

En la Universidad Shevchenko, la dirección retiró en agosto una placa conmemorativa de Bulgákov, que había estudiado allí.

Oleksandr Bondarenko, responsable de un departamento donde se enseña el idioma ruso, estimó que la placa podía herir la sensibilidad de quienes hubieran perdido a familiares en la guerra.

Frente al museo, las opiniones de los transeúntes están divididas.

Para Anton Glazkov, profesor de 27 años, el cierre sería una mala noticia, “porque la guerra y las obras de arte no están siempre ligadas”.

En cambio, Dmitro Cheliuk, de 45 años, que dirige una tienda de ropa justo delante, afirmó que “ha llegado la hora de desrusificar y retirar el Imperio ruso de nuestras calles”.

Durante la pausa del almuerzo, Oleg Slabospitsky, de 33 años, agarró una escalera de mano y se colocó un chaleco fosforescente. Él y otro miembro de una asociación de jóvenes aprovecharon el mediodía para retirar tres placas de la “calle Moscú”.

Oleg lleva haciendo esto con unos amigos desde la revolución proeuropea de la plaza Maidán, en 2014. “Son los mismos habitantes quienes deben estar en el origen de estas iniciativas”, aseguró. Y no falta trabajo. El ayuntamiento de Kiev acaba de aprobar el rebautizo de 142 calles cuyos nombres evocan a Rusia. Además, hay otras 345 en proceso.

La antigua calle Moscú rinde homenaje ahora a los príncipes Ostrozky, una dinastía de políticos ucranianos del siglo XVI.

El sector educativo también hizo “limpieza”. Los cursos de ruso, en general optativos, fueron suprimidos del programa escolar, así como el estudio de la mayoría de obras de escritores rusos.

En la Universidad Shevchenko, en el departamento dirigido por Bondarenko, los cursos sobre la guerra de la información son ahora una parte central del programa académico.

“En una guerra híbrida como esta, hay que aprender bien el idioma del enemigo para conocerlo. Los traductores jurados serán muy solicitados en el proceso sobre crímenes de guerra”, auguró este profesor universitario. Por ahora, Moscú vigila todo este proceso