¿Puede una máquina manipulada por humanos hacer “arte” procesando datos? La vieja disputa entre el hombre y la máquina tiene en la cultura un capítulo especial.

De los artículos que circulan en internet sobre la inteligencia artificial, llaman la atención los que terminan de forma ilustrativa: por ejemplo, con una breve entrevista con una máquina.

En El arte en manos de la inteligencia artificial, publicado en The Conversation, le preguntan al GPT-3, un modelo de lenguaje creado por OpenAI para replicar la redacción humana, si considera que las imágenes producidas por DALL-E —que crea imágenes a partir de textos descriptivos— son parecidas al arte que hacen los humanos:

“No lo creo. Creo que es interesante ver qué tipo de imágenes crea DALL·E a partir de descripciones textuales, pero no creo que sean como el arte humano”, responde el GPT-3, al que se acude casi como a cualquier fuente periodística.

En un ensayo del filósofo Eugenio Monjeau sobre el tema titulado El futuro no está escrito, el autor chatea con la GPT-3 sobre las metáforas y la argumentación. Al final le interroga a la máquina si aprendió algo de aquel intercambio: “En esta conversación he dado respuestas basadas en mi entrenamiento y en las reglas y algoritmos en los que he sido entrenada, para ayudarte a generar un texto similar al humano que sea coherente, relevante y responda a tus preguntas”.

Le puede gustar: La película de Tom Hanks y otros estrenos del ‘finde’ en cines

Enseguida añade —en ese tono prefabricado que es quizá lo opuesto a la inteligencia— que no aprendió “nada nuevo” ni pudo formarse “nuevos conocimientos o creencias como resultado de esta conversación”. Sarcásticamente, el autor concluye que la máquina a lo mejor finja ignorancia “como parte de su estrategia para la dominación mundial”.

Ejemplos o casos de este tipo abundan. Hace varias semanas un columnista en EL COLOMBIANO tocaba el tema de la IA y remataba diciendo que un alto porcentaje de su texto había sido compuesto con programas de esta tecnología. Algunos medios ya recurren a una máquina redactora para titular con palabras que les permitan generar más clics o posicionarse mejor en Google —cuyo algoritmo, de todos modos, lleva un buen tiempo diciéndonos por qué interesarnos.

Hasta el momento, pareciera que la llamada inteligencia artificial es un juego que despierta pánico y/o fascinación; un juego en el que lo humano parece tornarse irrelevante

En el mundo del arte —que, se supone, es solo hecho por humanos— este asunto ha causado un especial revuelo. Tan solo la semana pasada se habló en medios internacionales del “primer manga japonés hecho por una inteligencia artificial”, llamado Cyberpunk Momotarō y anunciado por una editorial de ese país.

En los últimos meses las redes sociales han sido inundadas por imágenes hechas en programas a partir de descripciones, algunas mezclando obras de arte, tratando de emular el estilo de varios pintores o creando autorretratos efectistas hechos “al modo de”.

En respuesta, a mitad de diciembre varios artistas compartieron en redes sociales una imagen con el logo “no to AI generated images”, en rechazo a la generación de imágenes con estos programas. Dichas piezas han sido comercializadas en el tiempo en que también se popularizaron las Nfts —activos físicos y digitales que usan la misma tecnología de las criptomonedas, y por el que algunos artistas se hacen llamar “criptoartistas”.

La controversia

En agosto pasado una pieza gráfica elaborada en la IA Midjourney ganó un concurso de ilustración en Estados Unidos. El ganador, un diseñador de videojuegos llamado Jason Allen, hizo su trabajo introduciendo palabras y frases que el programa convirtió en 900 imágenes distintas. Seleccionó tres favoritas, las ajustó en Photoshop y les aumentó la resolución. Finalmente, en un lienzo imprimió las obras.

Aunque el artista le avisó al jurado cómo logró su imagen, no pudo evitar que se desatara una controversia. En Internet, varios usuarios hablaron de la muerte del arte y del trabajo creativo que pierde interés al lado de las máquinas. Allen acusó de hipócritas a quienes desacreditaban la participación humana en una obra así.

Que este tipo de desarrollo tecnológico irrumpa con fuerza en el arte no es gratuito. Si nos vamos a la etimología, el vocablo “artificial” proviene del latín “artificium”, cuyo genitivo “artificis” se compone de los términos “artis” y “facere”, es decir, “arte” y “hacer”. Inteligencia artificial podría traducirse como una “inteligencia que hace arte”; aunque, en la expresión archiconocida, la palabra “artificial” tenga más bien el sentido de “no natural”.

Más allá de eso, las discusiones evocan a la llegada de la fotografía a finales del XIX, cuando pintores y artistas creyeron que su uso acabaría o desbancaría para siempre a las creaciones pictóricas.

“En la fotografía al menos quedaba la mirada, la posibilidad de la persona de hacer algo con eso”, dice el artista antioqueño Federico Fernández Gärtner. En los programas de la IA, sostiene, se busca replicar “el proceso orgánico del pensamiento, del aprendizaje, basado simplemente en la data, en la sumatoria de datos”.

A Fernández, de 38 años y dedicado a la pintura y la música, le resulta “pretenciosa” la idea de que la inteligencia o el arte puedan crearse de manera artificial; en su uso y popularización actual encuentra viva la “eterna competencia entre el humano y la máquina”.

El lado “sensible” del trabajo del artista, dice, se pierde en esa relación.

“Favorece a la industria”, apunta al aludir a la situación de artistas y diseñadores que se han visto obligados a cerrar sus tiendas en Estados Unidos o perdido sus empleos.

Lea también: Los reyes del mundo… y de Netflix: la película de Laura Mora entra al top de la plataforma

Joni Benjumea, docente de arte, cree que al menos al diseño gráfico, tal como lo conocemos, “le queda poco tiempo de vida”. Luego matiza comentando que el campo de las artes gráficas y visuales así como la ilustración digital se “tendrían que transformar”, pues en los próximos años un montón de personas perderán sus trabajos, cree. “Hay muchas cosas que no se necesitarán, como el diseño de ciertas plantillas; todo lo que no requiera de la apreciación personal”.

Para él, la IA es una “herramienta nueva que hay que aprovechar”, capaz de producir en segundos una imagen que normalmente podría tomar días. Benjumea ha recurrido a esta tecnología para sus trabajos, en principio con un “sentimiento de culpa”. Pero admira a artistas —como Clare Silver o Redrum— que han logrado una “conceptualización” y un uso de las herramientas, incluso mezclando las análogas, que muestran lo “válidas” que son para trabajar.

Para la ilustradora Carolina Salazar se trata de una “herramienta de exploración”. Sin embargo, aclara, hay que poner “límites porque no deja de ser una máquina”, y establecer, según el caso, “hasta qué punto es una creación propia o de la máquina”, y no llevarse uno “el crédito”.

Salazar cree que en medio de estos cambios “revolucionarios” los seres humanos y el mundo digital pueden “convivir”. El asunto le recuerda al debate entre el libro impreso y el libro electrónico, cuando se decía que éste haría que aquél desapareciera. “Y no fue así”.

Le puede interesar: Los Marín Vieco ya tienen su propia marca de pianos

¿Cómo distinguirlos?

A Joni Benjumea le parece que las imágenes que fabrica la IA se han homogeneizado en las últimas versiones de los programas. Hace un año encontraban más “variedad”. Han conseguido una “sofisticación técnica” a un ritmo “rapidísimo”. Concretamente, se refiere la creación de manos, al realismo de las imágenes y la calidad de las composiciones. Si quieres un dibujo “feo” también lo hacen, a su manera.

Según Benjumea, son máquinas “fáciles de entrenar”: puedes elegir 100 o más dibujos de tu autoría para que imiten o reproduzcan tu “estilo”.

Federico Fernández dice que quienes sean buenos observadores pueden percibir “pequeños errores” en la construcción de figuras o las composiciones de la IA. Pero “la gente se deja sorprender muy fácil y le parece chévere tener una imagen con un estilo parecido a un ilustrador”, agrega.

Lea también: Un libro de periodismo sobre el olvido en Yarumal

Carolina Salazar lo ve como una alternativa para los gustos individuales. Sostiene que hay un público para el arte elaborado con IA y para el arte digital o el tradicional, y saber distinguir una creación de otra depende de quien lo mire.

Benjumea encuentra en esta tecnología una forma de compensar o equilibrar los distintos talentos o búsquedas creativas. “Existen artistas con ideas interesantes, que no pueden llevarlas a cabo por no tener habilidades técnicas necesarias, y otros que tienen las habilidades pero que hacen obras aburridísimas”.

Y aquí quizá pueda abrirse otra discusión: ¿acaso la “inteligencia artificial” omite que el contenido y la forma de una obra van juntas? Quizá esta separación o grieta entre una autor y su obra sea la que “perturbe” a muchos, como dice Salazar, y despierte acaloradas posiciones a favor o en contra. O a favor y en contra.

PARA SABER MÁS la expresión del año 2022

En 1956, poco después de la Segunda Guerra Mundial, el informático John McCarthy acuñó el nombre “inteligencia artificial” para referirse a una ciencia de la computación que busca replicar la inteligencia y sus procesos a través de máquinas. Los alcances de esta disciplina tienen numerosas repercusiones en las matemáticas, la medicina, el aprendizaje, la escritura, el cine, etc.

A finales del año pasado, la Fundación del Español Urgente, FundéuRAE, la nombró la palabra o expresión del 2022, “por su presencia en los medios de comunicación y las consecuencias éticas derivadas”. Según la periodista española especializada en tecnología Esther Paniagua, “inteligencia artificial” es un nombre errado de lo que realmente se llama “procesamiento complejo de información”.

Kirvin Larios

Periodista cultural de EL COLOMBIANO. Autor de “Por eso yo me quedo en mi casa”. Es el gemelo zurdo.