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¿Quién gobernará la tecnología?

En estos tiempos de revolución tecnológica abundan las noticias sobre la creación y el desarrollo de invenciones sofisticadas para los más diversos fines, desde las aplicaciones militares, industriales o científicas hasta las de uso doméstico y personal. No son igualmente frecuentes los análisis sobre las repercusiones de estos avances en el funcionamiento del mundo. Por

¿Quién gobernará la tecnología?

En estos tiempos de revolución tecnológica abundan las noticias sobre la creación y el desarrollo de invenciones sofisticadas para los más diversos fines, desde las aplicaciones militares, industriales o científicas hasta las de uso doméstico y personal. No son igualmente frecuentes los análisis sobre las repercusiones de estos avances en el funcionamiento del mundo. Por esto, merece especial atención el artículo escrito por el empresario estadounidense Eric Schmidt y publicado recientemente por El Espectador.

El exdirector ejecutivo de Google, un reconocido experto en informática, plantea varias inquietudes que van más allá de la actual competencia que las principales potencias están librando en este campo. Llama la atención, sobre todo, acerca del peligro que entraña para la humanidad el uso incontrolado y abusivo de la tecnología por los gobiernos autoritarios para reprimir las libertades de los ciudadanos.

La tesis de Schmidt es que los países que defienden y practican la democracia, con Estados Unidos a la cabeza, deben empeñar sus esfuerzos para superar a las potencias antidemocráticas, con China a la cabeza, en la carrera por la supremacía tecnológica. Es obvio que al sostener esta idea se siente muy seguro de que en manos de su país —que desde hace mucho tiempo se declaró campeón de la democracia—, la inteligencia artificial siempre será utilizada en beneficio de las personas. ¿No pecará de optimista, si se tiene en cuenta que el gobierno de Estados Unidos cayó hace pocos años y puede volver a caer bajo el dominio de alguien tan poco confiable como Donald Trump?

Las advertencias sobre los riesgos que implica la tecnología mal empleada son pertinentes, desde luego, pero resulta cuando menos aventurado circunscribir esos riesgos a determinados espacios geopolíticos. Según Schmidt, el poder que la tecnología más avanzada otorga a China, Rusia y otros países gobernados por regímenes autoritarios representa una amenaza para la soberanía, los principios democráticos y las libertades de las personas, no solo dentro de sus territorios sino también fuera de ellos. El ejemplo más elocuente de esa amenaza es la agresión rusa a Ucrania, apoyada en la cibernética.

A la inversa, Schmidt cita el mismo ejemplo de Ucrania para resaltar la utilidad de la misma tecnología para defender la soberanía de los países y la democracia al señalar la forma en que la nación invadida ha utilizado la capacidad tecnológica que poseía y la que le han proporcionado los aliados occidentales para contrarrestar la invasión.

Como dice Schmidt, las plataformas tecnológicas del futuro serán el campo de batalla en el que se enfrentarán las potencias rivales. En consecuencia, afirma que Estados Unidos y sus aliados deben asegurarse de que aquellas sean diseñadas, construidas, desplegadas y gobernadas por las democracias. Aparte de la dificultad de discernir cuáles países son democráticos y cuáles no, la insinuación de que en el mundo debería haber una autoridad que gobierne la tecnología plantea un gran interrogante: ¿cuál podría ser esa autoridad?

Gobiernos y organizaciones internacionales han adoptado diversas medidas para regular las actividades tecnológicas sin que hasta hoy se haya podido evitar, por ejemplo, la desinformación que invade las redes sociales, la piratería de contenidos y los ataques cibernéticos. Así como la conectividad permitió a Ucrania organizarse para hacer frente a una potencia superior, también las herramientas tecnológicas fueron utilizadas por enemigos de la democracia para promover acciones ilegales como el asalto al Capitolio de Washington, hace dos años, y la toma de los centros del poder brasileño este mes. De todo esto se puede concluir que, así como la tecnología no tiene color político, tampoco es fácil de gobernar. Como en la novela de Frankenstein, es un monstruo que cobra vida propia fuera del alcance de sus creadores.

Leopoldo Villar Borda

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