Cientos de personas dicen haberse curado gracias a la intercesión del Santo que tiene su altar en La Ceja.

El primer domingo de cada mes en el convento de San Peregrino no caben los carros ni la gente. Los enfermos de cáncer, casi todos en etapas avanzadas, llegan empujados por sus familias con la esperanza de que un milagro les aplace lo inaplazable.

La capilla, que desde afuera parece un salón de clases cualquiera, adentro tiene espacio hasta para 500 personas sentadas , 400 en los corredores y una pequeña organeta. Queda en la vía Medellín – La Ceja, 4 kilómetros después de la glorieta de Don Diego. Allí, el primer domingo de cada mes desde hace casi 60 años se celebra una eucaristía de sanación especial por los pacientes de cáncer. En Colombia, cifras públicas dicen que de cada 100.000 habitantes 182 tienen algún tipo de cáncer.

Pero es miércoles y a la misa diaria del mediodía apenas llegaron ocho personas. Una familia de tres y otra de cinco. En la primera familia está Bernarda Caro, una mujer pequeña de más de sesenta años, conocida del padre Alexis y de los religiosos de la Orden de María que están a cargo del convento y del seminario. Supo de la obra de San Peregrino hace unos cinco años y desde entonces le ha encomendado a casi una decena de enfermos entre conocidos y familiares, como su esposo y sus cuñados: casi todos le hicieron el quite a la muerte, que aparecía tan de cerca.

En la segunda familia de este miércoles está Emilda Posada, que llegó a la capilla por primera vez para rogar por la salud de su esposo, que tiene cáncer de estómago, el que deja más muertos al año en el país: 5.265 en el 2020, según el Sistema de Información del Cáncer en Colombia y el Dane. Emilda también llevó a su nieta, que no debe tener más de 10 años y que fue la primera en escribir en el libro de peticiones que está junto al altar del Santo: “San Peregrino, te pido por la salud de mi abuelo, que le ayudes a combatir el cáncer y que tenga las fortalezas para salir de esto. También te pido por la salud de todos nosotros y de la demás gente y por mi mamá, que le vaya bien en el trabajo y en la vida”.

Peregrino Laziosi nació en Forlí, Italia, en 1265. Era un ateo y rebelde que se convirtió después de haber apedreado a San Felipe Benicio, un representante de los Siervos de María que había viajado hasta su pueblo para convencer a los jóvenes de obedecer a la iglesia. Ya convertido, Peregrino se dedicó a la vida religiosa y a hacer obras de caridad. Cuentan que multiplicó el vino y el trigo. Cuando estaba próximo a cumplir 70 años, Peregrino enfermó de un cáncer que apareció como una llaga en su pierna derecha. La noche antes de que se la tuvieran que amputar, Peregrino se quedó dormido mientras oraba delante de un crucifijo. En su sueño vio a Jesús bajando de la cruz y curándole la pierna. A la mañana siguiente, Laziosi estaba sano. Moriría casi 10 años después, en 1345.

Las oraciones y las plegarias ofrecidas a esa imagen de Peregrino sentado con la pierna vendada recibiendo a Cristo que se inclina desde la cruz son las que, según los rumores en las salas de oncología de la ciudad, hacen milagros. Si bien la capilla lleva seis décadas en el mismo lugar, el poco reconocimiento que tiene hasta ahora y que ha crecido principalmente en los últimos 10 años ha sido gracias al voz a voz, a la difusión entre vecinos, conocidos y familiares de casos de éxito.

Todo se trata de cientos de testimonios de personas que estaban a punto de morir y que a punta de radioterapias, quimioterapias, novenas y oraciones a San Peregrino se sanaron. El caso de Hernando Escobar, el hombre de confianza de una familia de comerciantes de Medellín, es de Padre y Señor mío. Hernando tiene 73 años y hasta hace 3 nunca se había hecho el examen de próstata porque le daba mucha vergüenza. Cualquier día, después de que le saliera un trombo en una pierna, el médico se lo ordenó y el resultado fue positivo para cáncer. A los días ya le ardía orinar y expulsaba sangre. Con el paso de las semanas ya ni alcanzaba a llegar al baño y la sangre le salía de todos lados. “No me aguantaba ni sentado, ni acostado, ni parado ni caminando. De vez en cuando botaba el chorro de sangre por delante y por detrás”. Y después de media hora de narrar la historia de su enfermedad por fin se rompe cuando se acuerda que acostado en su cama empezó a recibir a los sobrinos y a los nietos que iban a despedirse de él y se iban llorando, como él ahora cuando lo cuenta.

El cáncer se le había expandido hasta la vejiga y ya le habían programado la operación para sacársela. Había perdido más de 20 kilos. A la capilla de San Peregrino fue a regañadientes. Su hermana y su esposa María Cecilia lo obligaron. Tuvieron que parar varias veces en el camino porque no aguantaba tanto tiempo sentado. Fue un domingo. No había donde sentarse. No escuchó casi nada. No aguantaba. Se quería morir.

Al lunes recibió en su casa al “Doctor Muerte”, quien tiene buena fama en Medellín por aplicar la eutanasia a domicilio cuando el dolor se hace más grande que las ganas de vivir. “Yo no necesito sino que me despache”, le dijo Hernando. Pero el doctor, que tiene bien ganado su alias, le dijo que aguantara una o dos semanas más, y que si las cosas seguían igual o empeoraban, él volvía a visitarlo.

Con el paso de los días Hernando empezó a mejorar. Comenzó a recibirle comida a su esposa, que había trabajado más de 20 años preparando banquetes. También dejó de orinar sangre. Cuando tuvo otra vez la cita con su oncólogo, la última antes de la operación de la vejiga, el médico le pidió que revisara que los exámenes sí fueran de él. Dice Hernando que los revisó y al médico no le quedó otra que reconocer que San Peregrino “se había ganado la platica de la cirugía”.

37 sesiones de radio, 18 de quimio e incontables rezos necesitó Hernando para reponerse. En menos de un año recuperó su peso normal y volvió a trabajar. “Yo a Peregrino le debo la vida”, dice ahora desde la sala de la casa al lado de su esposa y con la figura del santo entre las manos.

En el 2020, en Antioquia, 464 personas murieron de cáncer de próstata, de ellas, 376, el 81%, tenían más de 70 años. En los días de su recuperación, Hernando Escobar se enteró de que Santiago Ruiz, el hermano de su patrona, un abogado consagrado a Dios y dedicado a llevar casos de divorcio ante el derecho canónico por puro hobby, estaba pasando por las mismas. Un cáncer de próstata en etapa avanzada le estaba carcomiendo la parte derecha de la cadera. Los médicos de Cali, donde vive hace casi 60 años, le dieron tres meses de vida.

Desde Medellín, su hermana le mandó la novena de San Peregrino, un librito pequeño y de letra grande con la historia del Santo y oraciones para nueve días, una veladora y el tarrito del aceite sanador para que se lo untara en donde le doliera. Lo primero que le pidió Santiago al Santo fue que intercediera para que no le hicieran una biopsia. “Una cosa muy dolorosa, un procedimiento anal donde con unas pinzas me arrancaban parte de la próstata. Entonces yo le decía a Peregrino: ‘Mira, yo sé que esto que te estoy pidiendo es casi un imposible, pero yo sé que tú tienes la intercesión y para Dios no hay imposibles’”.

Cuenta Santiago que después de las oraciones empezó a mejorar, al punto de que su nivel de antígeno —la sustancia que se encuentra en las células cancerígenas—, que en algún momento estuvo en 5.000, hoy está en 0.01. También se le hizo el milagro, y no tuvo ni que ir hasta la capilla en La Ceja.

Pero los milagros de Peregrino a veces toman tiempo. A Beatriz Arango ya se le ha caído el pelo cuatro veces y lleva tantas sesiones de quimioterapia (160) como novenas rezadas en los últimos ocho años y medio. A Arango, que ya cumplió 70, le descubrieron cáncer de ovarios en el 2014, y desde entonces ha tenido un recorrido por casi todos los órganos vitales: el colón, el estómago, el apéndice, y a falta de un par de semanas para la próxima cita con su oncólogo, ya sabe que le hizo metástasis en el hígado y que las quimio, que cada vez le sirven para menos porque las células ya las resisten, tendrán que ser más intensas.

Pero cuando el dolor le da una tregua, Beatriz sale a comer helados con sus nietos, se fuma un cigarrillo, sube a San Peregrino y compra kits sanadores al por mayor que reparte gratis en la sala de oncología de la Clínica de Las Américas. Y ahora me trae un vaso de agua y se sienta en el sofá de la sala mientras me dice que el hecho de ir hasta la cocina y volver es un milagro de San Peregrino.

Álvaro Guerrero Arango

Administrador sin ejercicio y periodista sin sección